Los cambios que están ocurriendo con la post-televisión son bastantes, la idea es determinar cuál es la manera más efectiva de que el “producto” o programa converja de la mejor manera con las distintas plataformas, como internet o cualquier producto de la era 2.0. Es decir, mientras más conectados más servicios se ofrecen, o sea mayor cantidad de negocios incluyen a la televisión, que están fuera de la mera transmisión. Obviamente, para llegar a esto se necesita de un gancho y generalmente éste es el factor emocional de la audiencia, es decir todo se transforma en lo que llama Henry Jenkins como: La economía afectiva.

Sin dar más detalles de lo que significa el hecho de que la post tv traiga consigo una serie de cambios, hay que ir un poco más allá y reconocer cuál es el nivel de poder que tienen los consumidores hoy en día y cómo la industria ha tenido que ir adaptándose a los “fanáticos”. Cómo plantea Henry Jenkins en una parte de su libro y que es lo que defiende la audiencia a la hora de que su serie favorita ya no se transmite más, justamente que éstas no se corten por baja audiencia, sino que se fijen en el nivel de fidelidad que tienen algunas de éstas. Es aquí donde entra la economía afectiva, que a simple vista parece muy efectiva, pero que conlleva una serie de trabajo del que recién se están dando cuenta (por lo menos acá en Chile).

El cambio que se está produciendo trae consigo una serie de interrogantes, que de cierta manera tienen un carácter ideológico. ¿Hasta qué punto dejamos que se inmiscuyan en nuestros gustos? Y ¿Cómo nos damos cuenta que la industria a través de nuestra fidelidad hacia nuestros productos nos comenzará a guiar a favor de sus propios intereses? Se sabe que cuando el público es fanático de un programa sí se queda viendo los comerciales y se interesan en ellos. Eso ocurre también por otro fenómeno, éstos también se ofrecen como “experiencias de vida”, en el que te puedes sentir identificado en el que el producto no te lo ofrecen como “propaganda” política, sino que éste se puede vivir. Y es justamente ahí dónde entran los programas de televisión, que son representantes de éstas experiencias que finalmente son marcas tratando de vender sus productos.

Si bien se puede creer que la audiencia de cierta manera comenzará a controlar el contenido de los programas, precisamente no es lo que puede ocurrir. Sino que más bien como ha ocurrido durante casi todo el siglo pasado y el actual, todo va determinado por un contexto. Y el contexto actual se ve muy disperso, por lo que la labor de la televisión para converger junto a las nuevas tecnologías (sobre todo hoy en día las móviles), es tratar de juntar todo ese revoltijo. Suena difícil, pero ese es el contexto actual.

El punto es tal cual lo plantea Henry Jenkins con el hecho de “impresióname” “(…) decide qué, cuándo y cómo lo ve. Es itinerante, está libre de compromisos con series concretas y se va dónde se le antoja”. Aquí está el punto que definirá la televisión que se está viviendo en otros países, pero, que acá en Chile aún no se mueve tanto como se quisiera. El asunto es si tenemos la posibilidad de cambiar canales en los comerciales o incluso de saltarlos, por qué debería quedarme en el tuyo. No se debe subestimar al fanático, sino que aprovechar esa capacidad que tiene de establecer una relación a largo plazo con el producto, que obviamente para sostenerse vendrá ligado a otra “experiencia” que será asociada con una marca.

Los contenidos de los programas no cambiarán mucho, el humor va a ser el mismo, sino que son las distintas experiencias posteriores las que enriquecerán al producto final, que se venderá como experiencia de vida. Obviamente y como en todos los rubros, puede ser que el dinero y el éxito cieguen y sobre todos las series, a veces se transformen en fórmulas, que después de un tiempo van cayendo por su propio peso y que duran lo que tienen que durar.


Diego Alonso Méndez Mora